¿Quién me ayudó a adelgazar?

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Los que me seguís en este blog quizás recordéis el post sobre mi punto de inflexión para empezar a tomarme más en serio eso de perder peso. En aquella ocasión os hablé sobre un compañero, Aníbal, que me hizo ver mi estado y la necesidad de mi cambio.

¿Y quién es Aníbal? Pues un compañero de equipo y de residencia. Y a pesar de que es un gran tipo, en aquel momento le odiaba. Tenía un carácter de mierda. Pero se tomó a nivel personal mi lucha contra el exceso de peso y por esa razón le estaré eternamente agradecido.

Pasé el reconocimiento médico con el equipo en el que, ¡oh sorpresa!, me dijeron que estaba gordo y que había que adelgazar.

Resulta que vivía en una residencia de deportistas en la que la comida era bastante mala. No en cuanto a sabor, sino en cuanto a tipo de preparación. Aunque también había un maravilloso carro de ensaladas, que era mi gran amigo y aliado, de cocina salían periódicamente pechugas de pollo empanadas, pasta con todo tipo de salsas, carnes en salsas llenas de grasa…

Anibal se lo tomó en serio y cada vez que íbamos a recoger la comida, él siempre venía detrás para vigilar qué platos cogía. “Tu no puedes comer eso. ¿Crees que la doctora te dejaría comer eso?”, me espetaba con una mezcla de compasión y mala leche. Y a pesar de esas formas, le empecé a coger cariño. No obstante, me estaba ayudando.

Muchos días de la semana mi alimentación se basaba en un desayuno de leche con avena o muesly, fruta y un yogurt. Una fruta de media mañana, ensalada con atún. Huevo para comer y cenar, y alguna merienda también tipo fruta o yogurt. Y todo eso para aguantar dos entrenamientos diarios. Como para no perder peso…

Anibal me ayudó a entender como tenía que hacer las cosas. Él había pasado por algo similar y, en base a su experiencia, quería ayudarme a evitar errores y, sobre todo, ahorrar tiempo. Realmente, no fue una buena época a nivel anímico. Cuando te propones un cambio de hábitos tan grande estás bien anímicamente es fundamental. Ahora le agradezco a mi amigo Aníbal toda la ayuda que me brindó, pero por aquel entonces, había gente que me caía mejor.

Quien no me ayudaba en absoluto era mi madre (perdóname madre :D). Cuando vuelves a casa tras una larga temporada, lo peor es cuadrar tu dieta con los suculentos y riquísimos platos de mamá. Y tampoco es cuestión de prohibir el pan a todo el mundo en casa con la excusa de que soy incapaz de controlarme. Al final conseguimos llegar a un acuerdo para cuadrar una dieta que me permitiera seguir con mi plan de pérdida de peso.

Con el tiempo vas conociendo a gente mucho más restrictiva. En la universidad conocí a Rubén, un compañero todavía más exigente que Aníbal. Rubén torcía la cara cuando yo abría un tupper con pasta y dentro había 3 trozos de chorizo, que le echas para darle un poco de sabor. Sólo eran tres trocitos, pero, si quieres perder peso, es un sacrilegio. Ahí me di cuenta cuándo uno empieza a ponerse en plan espartano y a quitarse absolutamente todo lo que puede sobrar. Fuera chorizo, fuera tomate que no fuera casero, fuera sabor, en general.

Pero al final de todo, cuando pones en una balanza el resultado y el esfuerzo que has realizado, te das cuenta que mereció la pena. En tu vida aparecen personas cuyos consejos, por insignificantes que parezcan, pueden ayudarte a cambiar de hábitos.

Moraleja de esta historia: Escucha a todo el mundo que quiera ayudarte y déjate ayudar.

Ah, y que la pasta, mejor sin chorizo.

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Soy Alberto Oliveras, nutricionista y entrenador. También soy un ex gordo. Practico Rugby de competición y me gusta el fitness, así como cualquier tipo de deporte siempre que haya retos por delante. En este blog, compartiré mis conocimientos tanto deportivos como nutricionales a la vez que trataré el aspecto del coaching deportivo y nutricional analizando momentos y situaciones en las que me he visto (y que muchos nos vemos) a lo largo de mi vida y como abordarlas con éxito. Estoy seguro de que podré aportarte buenos e interesantes consejos que te ayuden a mejorar tu estilo y calidad de vida.

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