Atrapado en el tiempo

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Si aterrizas de tus vacaciones en septiembre, todavía oliendo a aftersun, cañitas y atardeceres, y abres el correo y te lo encuentras a rebosar de renos, espumillón, turrones y papanoeles, sólo pueden pasar dos cosas: o eres un elfo lapón esclavizado por un gordo vestido de rojo, o eres un periodista, esclavizado por la velocidad con la que se suceden los acontecimientos, las estaciones y las fiestas de guardar,  en ese mundo paralelo llamado medios de comunicación. Porque sí: en El Corte Inglés no sé, pero en septiembre, en mi email ya es claramente Navidad.

Y si fuera sólo eso…

En diciembre, la bandeja de entrada se me llena de hordas de nazarenos, torrijas y destinos “perfectos para una Semana Santa de la hostia”. En enero, las alergias se apoderan de mi inbox y me lo dejan perdido de estornudos y sarpullidos. Y ya en febrero, verde, pelado de frío y aún rascándome las ronchas, decenas de soleados emails me recuerdan que el Caribe no es un salvapantallas y que tengo que sublimar “mi envidiable bronceado”.

En fin… Que ríete tú de Bill Murray y de los viajeros temporales (ministéricos o no). Si alguien vive permanentemente atrapado en otra época, ese soy yo, que te juro que llega un momento que no sé si tengo que ponerle aftersun al árbol de Navidad, esquivar con destreza las hondonadas de polen que me escupe o echármelo al hombro y sacarlo en procesión por la redacción de MH.

Porque esta profesión (que también tiene sus cosas bonitas y blablabla) es puro veneno para los que más veces de lo que sería recomendable vivimos con los pies puestos en el presente y la cabeza puesta en el futuro. Tipos, como yo, que deberían tatuarse en plena frente aquello de que “la vida es eso que va pasando mientras tú estás ocupado haciendo otros planes”, que dijo un día de iluminación John Lennon. Personajes, como el que esto escribe, que deberían esforzarse por vivir más tardes mágicas de octubre en las que es octubre y  toca hacer kite surf porque es octubre. Sin renos, sin alergias, sin Caribe. Octubre. 

Porque es verdad que el tiempo vuela, y más si la publicidad, los grandes almacenes y (sí), las revistas, le ponen el turbo,  pero no lo es menos que de nosotros depende intentar atraparlo sin descanso, aunque sea con una simple cometa.

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