¡Culpa tuya!

SuperacionMH

“Mire oiga… a mí no me líe que esto ha sido cosa de la serpiente ésa que habla…!”. Fíjate si es antiguo (y ciego) esto de echarle la culpa de absolutamente todo a los demás, que hasta el primer ser humano que la cagó (y además así, a lo grande) prefirió culpar a una serpiente que pasaba por allí (sin preocuparse demasiado porque el bicho hablara…) antes de asumir que a lo mejor ese día tendría que haberse zampado un brócoli en lugar de una manzana…   

Y, claro, de ahí a señalar con un dedito a tu compi de guarde, mientras escondes el oso de peluche que acabas de destripar con tus manitas, hay un paso. Tambaleante, pero uno… Y medio antes de irrumpir en clase 45 minutos tarde y afirmar sin ruborizarte que “valeee, profeee, que síííí… Pero que si al Metro se le han pinchao las ruedas, ¿qué hago?”.

Vale. Hasta aquí comprensible. Ridículo pero comprensible. El problema llega cuando esta inmadura niebla de excusas no se evapora con los últimos rastros de acné y aparecen los: “Es que no rindo en el trabajo porque mi jefe no me motiva”, “es que no adelgazo porque mi pareja me llena la casa de donuts”, “es que no puedo estar por todo porque no tengo tiempo ni para pestañear”, o los “es que no me pongo en forma porque el gimnasio cuesta una pasta”.

Pero es que… Es tan cómodo pensar que las serpientes hablan… Y tan pesado tener que plantearse que “no rindo en el trabajo porque no me gusta y no tengo la valentía de dejarlo”, “no adelgazo porque no tengo fuerza de voluntad y los donuts acaban con la poca que me queda”, “no tengo tiempo de nada porque estoy convencido de que Agenda es una exrepública soviética”, o “no me pongo en forma, aunque podría entrenar en casa con dos palos y una caña, porque soy un vago que lo flipas”…

Pues amigo, vas a empezar el año con dos malas noticias: la culpa de todo la tienes TÚ y las serpientes no hablan (a menos que te llames Baloo, midas dos metros quince y seas un oso, aunque, bien mirado, entonces seguramente no estarías leyendo esta revista…).

Vamos a hacer un pacto: en 2016 tú te olvidas de lo cómodo que resulta descargar las responsabilidades ahí fuera y tomas de una vez las riendas de tu vida, y a cambio yo te presento a cinco tipos que te demostrarán que no hay excusas que valgan: ni la edad (un señor de 72 años con más músculos que tú y yo juntos), ni las limitaciones (un invidente con más medallas que Michael Phelps), ni el peso (un paleontólogo que perdió más de 20 kilos y ahora es nuestro), ni la presión (un poli que salva vidas y aún tiene tiempo de ocupar portadas), ni el miedo (un boxeador que dejó su trabajo leyendo contadores para convertirse en Supercampeón de Europa).

Bienvenido a tu primer año sin excusas (y sin serpientes parlanchinas).

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