Feliz (¡y sin six-pack!)

edito-171

Prueba científica sólo válida para españoles. ¡ATENCIÓN!: ¿Qué falla en el siguiente diálogo entre dos personajes que se encuentran en un rincón cualquiera de este país nuestro?   “¡Hombreeeee! ¡Pero cuánto tiempo! ¿Qué tal todo?”. “Pues mira, perfectamente. He dormido genial, no me duele nada, el trabajo estupendo, con mi pareja súper, mi equipo subiendo… Feliz, vaya”. EFECTIVAMENTE: lo que falla es la nacionalidad del segundo sujeto. ¡Ese tipo TAN sospechosamente feliz NO puede ser español! Debe de ser un tontolaba guiri o, si me apuras, un compatriota medicado hasta las cejas… Pero español, ni de coña. En España, como sabe de sobra hasta uno de los mejores psiquiatras del mundo, el doctor Luis Rojas Marcos, llevamos incrustado en el ADN ese emoticono con la boca hacia abajo. “Aquí, el instrumento más común a la hora de comunicarnos es la queja. Está muy mal visto decir que eres optimista o feliz…”, afirma Rojas Marcos, quejándose a su vez de nuestro comportamiento y demostrando así que él también es español hasta las trancas…

En fin, que queramos o no, vivimos en un país en el que los patios del colegio están repletos a rebosar de discusiones sobre quién se ha hecho la pupa más grande, y los ambulatorios de abuelos inmersos en una escalada del terror para dirimir quién lleva más operaciones encima o quién tiene que devorar más pastillas al cabo del día. Y entre el cole y el asilo, miles, millones de quejas. Quejas por un trabajo que no nos hace felices, por las noches de insomnio, por tener pareja o por no tenerla, por la programación de la tele, por la desclasada clase política, por Movistar, por Renfe, por Endesa y por la madre que los parió a todos… Por haber hay hasta quejas por no tener six-pack, no te digo más.

“Entiendo que vivís de vender culto al cuerpo, pero es algo que me genera enorme rechazo. ¿En qué punto nos hemos convertido en una sociedad en la que no tener un six-pack te hace infeliz?”, me soltó a bocajarro un quejica el otro día por Twitter. Y mira, no. No acostumbro a entrar al trapo, pero por ahí no. No me pagan tanto como para sentirme responsable de la felicidad o de la infelicidad de nadie… Después de un buen cruce de mensajes –Yo: “Esa presión te la pones TÚ. Yo no tengo six-pack y soy plenamente feliz”. El quejica: “Lo siento, pero no compro la idea. Es tu caso, pero hay gente infeliz por no tenerlo”–, afilé las espadas y zanjé el tema ofreciéndole una receta mágica: “Apunta: criterio, mesura y sentido común, a partes iguales, y una buena dosis de madurez y de responsabilidad para dejar de quejarse y no echarle siempre la culpa de TODO (incluida tu infelicidad) a un agente externo, sea revista, jefe o compañía de teléfonos”.

En fin, que dicho esto, que cada cual ponga su infelicidad donde o contra quien le plazca. Yo aprendí hace mucho tiempo que el único responsable de mi felicidad soy yo mismo. Y que, tenga o no tenga six-pack, el secreto está en quejarme menos y en disfrutar más. En que se me llene el Insta de hashtags felices, y la boca de dientes y de ganas de contar que sí, que soy feliz dentro de un orden. Y ahora vas y lo llamas mindfulness (si tienes narices…).

sign