“¡¡¡Gorda!!!”

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“¿Qué hace una gorda como tú yendo a un sitio donde se promociona una revista de cuerpos perfectos? Lo único que vamos a hacer allí es reírnos de ti…”. La gorda (no hacía falta que se lo subrayaran, era más que consciente de ello) miró por segunda vez el mensaje anónimo en la pantalla de su móvil. Lo apagó y se puso a deshacer la bolsa.

El día antes, la gorda había llenado el depósito de su coche hasta los topes: tenía que recorrer más de 800 kilómetros hasta Barcelona. También se había ocupado de dejar a su perro al cuidado de una buena amiga y hasta había tenido tiempo de hacerse una manicura. Bien extremada. De ésas que le gustaban a ella.

La ocasión lo merecía. En apenas 24 horas, iba a conocer a uno de sus ídolos: Stephen James. El modelo tatuado la traía loca y se le había puesto a tiro porque iba a firmar en un centro comercial ejemplares de su portada en la revista Men’s Health. Le entró la risa floja sólo de pensarlo…

“¿Qué hace una gorda como tú yendo a un sitio….?”. La gorda había caído de nuevo. A pesar de haberse prometido no volver a encender el móvil, allí estaba. Se giró, le dio unas golpecitos en la cabeza a su perro y los dos se quedaron mirándose un buen rato. “Y si…”.

La gorda volvió a girarse y se puso a escribir un mensaje frenéticamente: “No sé si leerás esto, porque en realidad lo que voy a contarte no tiene nada que ver contigo…”. Y le explicó su historia al director de la revista de los cuerpos sanos y perfectos, sin olvidarse de la gasolina, del perro y de recordarle que “las personas gordas no tenemos por qué estar pidiendo perdón continuamente”. “En fin”, pensó, y escribió al mismo tiempo: “Otra cosa más que me pierdo en la vida por mi peso”. Releyó el mensaje, añadió un “no hace falta que me respondas, porque me rindo” y apagó el móvil.

El director de la revista de los cuerpos perfectos releyó el mensaje por última vez y apagó el móvil. Consciente de que estaba intentando tapar una hemorragia con una tirita, le envió dos revistas firmadas por el modelo y le escribió un puñado de palabras alentadoras. Se giró, le dio unos golpecitos a un marco que se había movido y se quedó mirando un buen rato la pared repleta de cuerpos perfectos. A pesar de haberse prometido no volver a encender el móvil, lo hizo. “Yo también fui gordo una vez, ¿sabes? Y a ver en el cementerio quién es el cabrón que se ríe del otro porque su tumba no es de la talla correcta”. Y lo apagó.

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