8 razones para ducharte con agua fría

Mejorar la resistencia al agua fría y al frío en general es uno de los objetivos del experimento.
Mejorar la resistencia al agua fría y al frío en general es uno de los objetivos del experimento.

Hace 6 meses que me ducho con agua fría. No es que me hayan cortado el suministro por falta de pago, el butanero haya cambiado de ruta porque vivo en una calle peatonal con una pendiente del 15% o que le esté haciendo boicot a las energéticas. No es nada de eso. Esta simple medida que consiste en usar sólo el grifo del puntito azul, tampoco obedece a un intento vitalicio y permanente de arruinarme la libido –a todos los que estén interesados en posts sobre sexo, que me consta que no sois pocos, ya os avanzo que lo de las duchas frías es una leyenda urbana–. Lo de asearme sin encender el calentador empezó por otro motivo. Y después de 6 meses en los que 9 de cada 10 duchas han sido frías –en breve entenderéis el porqué de esas excepciones–, he pensado que quizá os interesaría saber si he notado algo más aparte de un poco de frío en mis propias carnes.

¿Cómo empezó todo?

Era abril, poco antes del SwimRun Costa Brava 2016 (por cierto, ya tiene fecha para el 2017: el 23 de abril). Después de los entrenamientos previos que hice en el mar, al salir del agua me quitaba el salitre y el neopreno bajo las duchas –de agua fría– de la Barceloneta. Me secaba con una mini-toalla, me vestía con la ropa que había metido en la bolsa estanca de la boya de natación y me iba a casa pedaleando. Por suerte, era todo subida, así que lentamente lograba entrar en calor. A las pocas sesiones, empecé a notar que mi cuerpo reaccionaba cada vez mejor al frío. Llegó un momento que el agua de las duchas me parecía templada. Meses antes, en Reikiavik, me había bañado en el mar y no había aguantado más de 2 o 3 minutos dentro del agua, sin dejar de dar manotazos, sentir espasmos y agujas clavándose en la cabeza, ni lograr calmar el ritmo de la respiración. A todo esto, los bañistas locales flotaban plácidamente en las mansas aguas de la bahía.

Los efectos de las duchas frías se notan desde la primera semana, traduciéndose en una mejor respuesta a las sesiones de natación en aguas frías.
Los efectos de las duchas frías se notan desde la primera semana, traduciéndose en una mejor respuesta a las sesiones de natación en aguas frías. Foto: Swimrun Costa Brava.

Inspiración

Por esas fechas estaba leyendo el libro 48 brazadas, de Miquel Sunyer, nadador extremo en aguas abiertas que ha completado algunas de las travesías más duras del planeta. Como buen nadador, Miquel es un ferviente defensor de la tradición y prescinde del traje de neopreno incluso en las aguas más frías. No es que yo intente emularle, ni mucho menos, pues Miquel nada en la liga superior, pero algunos de sus trucos sí que nos pueden servir. Por ejemplo, él se ducha cada mañana con agua fría durante varios minutos. Es lo primero que hace al levantarse. También duerme sin manta y con la calefacción apagada, en pleno invierno. Yo no aspiro a tanto, aunque donde yo vivo la calefacción es opcional.

El agua fría te da un punto de adrenalina, te hace sentir vivo, fuerte, vigoroso. Creo que es un buen remedio, como mínimo, para la apatía.

Algunos trucos para empezar

1. Las primeras semanas, el shock de la ducha de agua fría puede echarte atrás a la primeras de cambio. Yo empecé a ducharme con agua fría sólo después de una sesión de running. Al llegar a casa sudado y acalorado, no me costaba meterme bajo el chorro de agua fría. Después de una salida en bicicleta, la cosa cambia ligeramente, pero cuando te acostumbras a las duchas de agua fría, luego incluso te cuesta usar agua caliente.
2. Los días en los que no te sientas capaz, lo ideal es darse la típica “ducha de James Bond”: empezar con agua caliente e ir bajando la temperatura –los grifos monomando ayudan– hasta acabar con 2 o 3 minutos de agua fría.
3. Las dos zonas del cuerpo donde más duele son la cabeza y el “triángulo de las bermudas”. Para los días más sensibles, una buena opción es lavarse con agua caliente y enjuagarse con fría.

Píldora azul o píldora roja: tú decides.
Píldora azul o píldora roja: tú decides.

Ventajas físicas y psíquicas de las duchas frías

  1. El agua fría ayuda a recuperar la musculatura tras el esfuerzo. Lo recomiendan los fisioterapeutas (crioterapia, lo llaman). Lo ideal es sumergirse, pero si no tenemos una bañera o no queremos gastar tanta agua, también es efectivo enfocar el chorro hacia esos músculos mientras los masajeamos lentamente. Yo la aplico principalmente en las piernas: cuadriceps, tibiales, gemelos, sóleos… Y sí he notado los resultados.
  2. El agua fría mejora la circulación sanguínea y ayuda a quemar grasas. Esto es más difícil de comprobar –yo, al menos, no soy capaz de percibirlo–, pero parece algo obvio y poco discutible.
  3. Los expertos en belleza aseguran que el agua fría revitaliza la piel y el cabello, y consideran que el agua caliente tiende a resecar los tejidos. Esto sí lo he podido comprobar. Para pieles excesivamente grasas, por tanto, quizá sea mejor usar agua caliente.
  4. El agua fría tiene efectos antidepresivos, según diversos estudios. Parece razonable. El agua fría te da un punto de adrenalina, te hace sentir vivo, fuerte, vigoroso. Creo que es un buen remedio, como mínimo, para la apatía.
  5. Mejora el sistema inmune. No sabría decirlo. Yo no me resfrío ni más ni menos que antes. Pero sí creo que soy más resistente al frío, que era uno de los objetivos.
  6. Ayuda a concentrarse, a tener la mente más clara. Es cierto: cuando estás bajo el chorro de agua fría, no piensas en otra cosa que no sea que estás bajo el chorro de agua fría. Es una especie de meditación o paso previo a la meditación. Te ayuda a enfocar, a concentrarte en lo importante.
    Esta ventaja la explico con la lógica de las necesidades básicas del organismo. Nuestra primera y máxima necesidad es respirar. Sin aire, no sobrevivimos más allá de los ¿2 minutos? ¿3 minutos, quizá? La segunda necesidad básica de nuestro organismo es mantener el cuerpo a una determinada temperatura. Ni más alta ni más baja. La lista de necesidades es larguísima –comer, beber, etc.–, pero nos detendremos aquí, en la segunda necesidad.
    Creo que es por este motivo que, cuando tomas una ducha de agua fría o te metes en una poza de agua helada, tu cerebro no puede pensar en otra cosa que no sea en lo fría que está el agua. De pronto, ha de reaccionar. La piel se enfría y hay que poner remedio reactivando el riego sanguíneo, aumentando el pulso, la respiración… De repente, no existe otro pensamiento. Así que cuando tu cuerpo se acostumbra a esa temperatura –os lo digo, incluso se vuelve agradable– es más fácil enfocar en lo importante.
  7. Gastas menos agua. Sobre todo al principio, pues la duración de la ducha se reduce de forma notable. Luego, cuando te acostumbras, incluso puedes volver a sentir el placentero efecto de la hidroterapia.
  8. Ahorras energía al planeta: para aumentar 1ºC la temperatura de 1 litro de agua hacen falta 1.000 calorías (es decir, 1 kilocaloría). Si el agua está a 15ºC y hay que aumentar su temperatura hasta 38ºC necesitaremos 23.000 calorías (es decir, 23 kilocalorías). Por tanto, una ducha de 5 minutos, que equivale de media a 95 litros según la OMS, implica un total de 2.185 kilocalorías. Es decir, 2’5 kWh por una sola ducha de 5 minutos. Al cabo del año, 928 kWh. Si queréis calcular lo que le cuesta a tu bolsillo: calculadora energética.
Si no le pones un freno, te arriesgas a los inconvenientes.
Soportar mejor el frío sobre la bicicleta también es uno de los objetivos. Pero si no le pones un freno al experimento, te arriesgas a ciertos inconvenientes 😉

Los inconvenientes

No todo son ventajas, creedme:

1º Por norma general, cuando alguien descubre que te duchas con agua fría por sistema, no se corta un pelo: te mira como a un bicho raro y te dice que estás mochales.
En invierno o en climas muy fríos, las duchas de agua fría sólo son aptas para gente muy curtis: himalayistas consumados, discípulos de Chuck Norris, etc.
El agua caliente limpia mejor. Es un hecho: sólo hay que intentar fregar la sartén de freír panceta con agua fría. Ni el mejor de los “fairy” puede con ello.
Aumentar tu resistencia al frío implica, irremediablemente, ser más sensible al calor. Explícale ahora a tu novia que este invierno no va a hacer falta funda nórdica.

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Escrito por

Periodista, aventurero, escritor & "culo de mal asiento". Barcelonés, afincado en el barrio de Gràcia, pero nómada por naturaleza. 41 años. Aficionado a leer, correr, ir en bici a todas partes, subir montañas, bucear, mirar mapas, hacer realidad los viajes que sueña... ¿La aventura que cambió su vida? Cruzar en bicicleta y en solitario los siete desiertos más grandes y emblemáticos del mundo: Australia, Atacama, Mojave, Namib, Kalahari, Gobi y Sáhara. Pedaleó 30.000 kilómetros durante cuatro años y aprendió que los desiertos son algo más que lugares vacíos y llanuras inertes. Todas sus peripecias aparecen en el libro 7 desiertos con un par de ruedas, de Saga Editorial, con más de 200 fotografías que él mismo realizó durante las siete expediciones. Este blog lo inició cuando se preparaba para participar en la Titan Desert compartiendo tándem con Serafín Zubiri. La aventura fue un éxito, pues lograron completar la carrera en tándem, algo que jamás se había conseguido. Superado el reto, surgió otro, y luego otro, y otro más... y aquí nos los cuenta. Su website personal es www.conunparderuedas.com

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